Medios adentro y medios en la puerta. Las vallas de Centro Cultural Kirchner alejaban a las cámaras, los curiosos y alguno que otro fanático de Cambiemos, todos atrás de las vallas y de las decenas de policías que emulaban a los granaderos. Ni siquiera hablaban entre ellos. Guardia pretoriana formada muy prolijamente, custodiando el evento o a los invitados, algunos de ellos con una fuerte carga de rechazo social.

La avenida Alem estaba cortada dos cuadras antes y dos cuadras después, desviando el transporte público tres cuadras hacia arriba, dejando un Metrobus desolado, con algunas personas esperando en las paradas y preguntando, al que sea, cómo salir de la zona de guerra.

Frente al Ministerio de Trabajo, a varios metros del CCK, se habían concentrado algunas agrupaciones sociales, cercados por vallas antimotines que cerraban la avenida. De la misma manera, con las mismas vallas y la misma cantidad de policías, las agrupaciones que bajaban por calle Corrientes hacia el CCK quedaron del otro lado del muro. El gobierno dejaba fuera de la foto a la protesta, sacándola de la escena y de las imágenes de la televisión.

En la vereda del Centro Cultural, la cobertura periodística seguía el discurso del presidente por las redes sociales, y ante cada frase, los trabajadores de prensa emitían onomatopeyas del orden de Uuuuuhhhh, nooooooo, seguidas de una risa o un insulto, hacia el enunciador o hacia su grupo de pertenencia.

Mientras tanto, unas 20 personas, identificadas como una agrupación social, se mezclaba entre los periodistas, y vociferaban con un megáfono canciones de cancha, con lírica de protesta. El ranking de insultos tenía a Patricia Bullrich como principal adjudicataria.

El primero en abandonar el lugar fue el mismo presidente Macri, raudo, casi sin tocar el piso se montó en su auto presidencial que se perdió en la avenida. Minutos después comenzó el desfile de los asistentes que bajaban las escaleras del CCK y se dirigían a sus autos estacionados a unos metros de la puerta que da a la Casa Rosada. Allí primerearon la salida el ministro Frigerio y Hector Magnetto, líder de Clarín, junto al famoso Juez Bonadío. Atrás de ellos, el rabino Bergman vestido de funcionario.

Las presencias femeninas no fueron muchas. Se pudo ver a la Jueza Helena Highton de Nolasco, sostenida por varios acompañantes, y a la gobernadora Rosana Bertone, bastante reconocible por su blonda cabellera y su saco rojo, destacable entre tanto traje negro de los señores.

Los insultos de los pocos manifestantes cercanos a las vallas no se hicieron esperar, pero ninguno de los invitados se dio por aludido. De hecho, algunos de ellos levantaban la mano devolviendo lo que habrían interpretado como un saludo.

El toque de distinción lo aportó el ministro de transporte Guillermo Dietrich. Al pie de las escaleras del CCK alguien lo estaba esperando con una bicicleta y un casco, que el ministro se puso prolijamente antes de salir pedaleando hacia la playa de estacionamiento.

De este lado de las vallas una señora preguntaba a viva voz si había salido el presidente. Nadie le contestaba. Llevaba en la mano una nota escrita de puño y letra y una rama de olivo: “yo quiero ver a mi presidente”, le preguntaba a todos y cada uno. Alguien le dijo que ya se había ido y ella se dio media vuelta, ofuscada, y pasó por delante de los manifestantes del megáfono  que reclamaban justicia por Santiago Maldonado. Un intercambio de insultos y a otra cosa. Como cada día en Buenos Aires.

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